Cuando Esperanza Aguirre habló de suspender la final de la Copa del Rey si se reproducían los pitos contra el himno nacional, llamaba la atención sobre el respeto debido a los símbolos de una nación, respeto por el que muchos españoles se sentían indignados y ultrajados, respeto que las naciones sienten por sus símbolos, respeto que debemos por la dignidad de los otros. Es natural que un líder político atienda los derechos de los ofendidos, es humano y es de valientes ir contra lo que políticamente no es correcto, aunque sea de derecho defender los sentimientos de los afectados, sus derechos.
Personalmente defiendo la libertad de expresión de cualquiera que se manifieste, aunque no me atrevería a tomar posiciones en contra de los sentimientos del otro. No me gusta que otros zahieran mis sentimientos y mi libertad a sabiendas que me están provocando. Y creo que esto es lo que pasó en el Vicente Calderón cuando sonó el himno nacional. El ambiente futbolero fué sensacional, pero pitar la presencia de un símbolo, el himno, no forma parte del ritual y quedó como una espina en el corazón de los ofendidos, que en este caso no fueron los perdedores del partido.
Si la inteción de los autores de la perversa pitada fué el insulto y la ofensa, alcanzaron su objetivo. De reprobable conducta puedo calificar a las personas actoras por su acción pero también por su intención. Arropados por el tumulto y el ambiente, cada una de aquellas personas que insultaron a Esperanza Aguirre (¡Esperanza hija de puta!) quedan para los restos en el lugar correspondido.
No se pueden prohibir las pitadas, tampoco los insultos. Pero el hecho es que los que pitan agreden y otros se sienten ofendidos. Esto bastaría para que nadie imprecara a alguien según el humano principio de no agresión. Después de todo lo acontecido, ¿alguién duda de la intencionalidad agresora de la pitada?
Rafael Rovira